Hogar, dulce, hogar.
El precio por dejar todo atrás.
Volví a ver Interstellar, y esta vez le presté atención. La verdad es que no voy a hablar de la película sino de un momento que me hizo retener la respiración las dos veces. La escena es bastante simple y vista hasta el hartazgo que es la vista desde la nave de un globo terráqueo cada vez más pequeño. Siendo una persona que viaja en avión con dosis de calmantes interesantes ante el evento que me despegaría del suelo, no es algo menor. Más allá de mi problemita con los vuelos, existe algo que esa misma imagen me llevó a pensar: por más que un día descubramos que venimos de otro lado, todo lo que somos lo hicimos acá (se acerca Disclosure Day de Spielberg y seguramente hable de eso porque creo que, argentinidad mediante, el mundo “está en una” y vamos a tener que vivir con eso).
Aunque mañana sepamos —con pruebas irrefutables— que somos descendientes de una civilización extraterrestre, que la vida llegó en una roca viajera o que fuimos sembrados como experimento, eso no cambia lo que para mí esesencial y es que nuestro mundo y vida, con lo bueno y lo malo, se armó en esta piedra flotando en el vacío. Acá inventamos a nuestros dioses y proyectamos nuestros miedos. Acá mismo aprendimos a distinguir las estaciones, encontrar refugio, comprender la muerte y ritualizarla, recordar a quienes nos precedieron, pintar paredes en las cavernas, hermosos cuadros y grafitis. Todo lo que nos estructura —cultural, simbólica, emocionalmente— nació bajo este cielo.
Entonces, ¿sólo nos montamos en una nave y nos vamos a otro lugar? Esa misma imagen de la película que mencioné al principio es la que hace que me cueste cada vez más la idea de irnos como si nada. Hoy es más una narrativa o un discurso de cuatro multimillonarios que una posibilidad concreta. Como si abandonar el planeta fuera un paso lógico, casi inevitable, de una humanidad curiosa y expansiva, a partir de la idea de que siempre fuimos curiosos y quisimos descubrir qué hay más allá. Pero hay una trampa ahí, esta vez el más allá es mucho más que la pretensión de llegar a las Indias. Entiendo que la impronta exploradora no es para cualquiera. Nunca lo fue y no porque no te alcance el dinero para el pasaje… es algo más profundo que implicaría estar dispuesto a romper con todo lo que te hizo quien sos.
Explorar no es solo ir hacia adelante también es aceptar que lo que dejás atrás, esta vez, ya no va a estar disponible. Es muy factible que sea más un duelo que una añoranza profunda.
A esto solemos responderle con discursos de progreso, con la idea de que “la humanidad” avanza, como si fuera un bloque homogéneo, sin grietas ni individualidades. Pero los viajes no los va a hacer la humanidad, los harán personas con memoria, con vínculos, con una vida previa que no bastará con se guarde todo en una cápsula o se digitalice su vida entera. Y no perdamos de foco algo muy importante, nadie quita que las relaciones son un eslabón importante en la vida de todos pero, ¿pensaste en no ver el sol, no sentir el aire que trae la tormeta y su olor tan característico? ¿Comer un asado bajo un árbol frondoso con tus amigos? ¿que te despierten los pájaros o tu perro o tu gato porque ellos ya están de fiesta hace rato y faltás vos? Hay miles de cosas que damos por hechas, que son parte de nuestro cotidiano y que, en esa imagen de la película, me hizo sentir un vacío monumental.
Para siquiera abordar una nave e irnos no alcanza con saber física, biología o ingeniería. Lo que hará falta es una disposición psíquica extremadamente rara, tal vez de una fortaleza inusitada, al tener que aceptar el aislamiento radical, la distancia absoluta y la posibilidad de no retorno. Aceptar que el mundo que te formó va a seguir sin vos. O peor aún y mucho más complejo, que vos o yo deberíamos seguir sin él.
Quizás por eso me impactó ver a William Shatner volver del espacio llorando, golpeado por la fragilidad de la Tierra. Por lo que se ve cuando el hogar deja de ser el entorno diario y se convierte en objeto distante que podrías perder. Entonces, lo que está en juego es mucho más profundo.
Desde lejos, la Tierra no se ve como un planeta más, es EL planeta del que no me quiero bajar. No todos pueden hacerlo, y no todos deberían ya que es muy factible que muchas mentes y cuerpos no toleren esa fractura ante la fragilidad que implica ser humanos.
Con nuestras mitologías a cuestas, nuestros rituales, nuestros lenguajes, nuestras formas de amar y de temer, pensar que todo eso es trasladable de manera intacta a otro planeta es una fantasía y un modo casi caprichoso e inconsciente de no hacernos cargo del desarraigo que implica.
Es factible que el gran límite de la exploración espacial no sea tecnológico y debamos prepararnos emocional, simbólica, culturalmente para ir hacia lugares sin rutas visibles, carteles, donde el paisaje parece repetirse al infinito. Nos hicimos humanos en este pedacito de tierra en medio de la nada, tal vez esto pesa más de lo que queremos admitir.
Gracias por estar ahí!


